#CrónicasMaternas: palomitas y pipí
Está fue la primera vez que llevamos a La Infanta al cine: una odisea. Quisiera decir torbellino, pero creo que fue más lo primero.
Era la segunda vez que la llevaba a esa plaza comercial (que la verdad no es muy de mi agrado, siento que hay demasiados estímulos). Íbamos en el taxi para allá y todo bien, ambas estábamos muy emocionadas. Al llegar a las agujas de la entrada al estacionamiento, La Infanta dijo que quería haces pis y pedimos al chófer que se apurara. Había algunos autos buscando lugar y tuvimos que esperar un poco. Yo le decía, aguanta, ya casi, y el conductor amablemente sorteó los autos, condujo en otro camino, pagamos y bajamos corriendo. Primera prueba superada.
Al llegar a la entrada había una fila de personas, aproximadamente 15 y tuvimos que esperar a que todas pasaran el filtro sanitario. ¿Aguantas? Sí, mamá. Segunda prueba. La tomé de la mano y corrimos al baño, esquivamos algunas personas en el camino y entramos corriendo sin hacer fila, tomamos el primero que vimos abierto y justo al cerrar la puerta, La Infanta me miró con ojos asustados tras su cubrebocas. Mamá, me dijo, pipí. Y su pantalón se empezó a mojar. Cómo pude la senté en el escusado con la ropa puesta para no mojar el piso y terminó.
Tenía tiempo sin sentir esa alerta maternal de "hay un problema que se tiene que resolver de inmediato".
Llamé a mamá, que ya nos esperaba. Ma, estamos en el baño, tuvimos un accidente de pipís y no podemos salir. ¿Podrías ayudarnos?
Mi mamá, que también es mamá, dijo, espéreme ahí, voy a comprar un pantalón y calzones. Calcetines también, alcancé a gritar. Colgamos.
Diez minutos después apareció mi mamá con un cambio de ropa. Pero para entonces ya no había baños disponibles y nos tuvimos que encerrar en el cuarto de servicio. Le pedí a La Infanta que se agarrara de mí para cambiarle la ropa mojada y poder entrar al cine. Por suerte sus zapatos no se mojaron y no hubo mayores daños.
Intenté permanecer calmada, así que sus ojitos también lo estaban.
Mientras quitaba su ropa mojada y la secaba con papel que encontré en mi bolsa le dije: esto es normal, tomaste muuucha agua antes de salir de casa, son cosas que pasan, no es tu culpa. Pero debemos cambiarte de ropa para que ésta no se enfríe y puedas estar a gusto. Abuelita ya nos ayudó, ahora te cambiamos y se arregla. ¿Estás bien? Sí mamá. De acuerdo. Vamos pues.
Tercera prueba lista.
Ahora cargaba un bulto de ropa mojada y no encontraba donde ponerla. Suelo cargar bolsas de plástico en mi bolsa, por si hay que guardar basura o cargar algo extra. Esta vez lo olvidé. Pregunté entre las chicas del baño y ninguna traía. No importa, me dije, ahorita pienso algo. Vacié una pequeña cartuchera de neopreno que cargo con plumas y plumones, enrollé bien la ropa y cupo milagrosamente. Cuarta prueba, superada.
Cuando nos acercamos al área del cine, había una inmensidad de personas. Me puse paranoica. Nos rocíe con un spray de eucalipto limón, revisamos cubrebocas, pusimos gel desinfectante en manos y le pedí que no me soltara.
Trabajo con mi aprehensión, pero desde que inició la pandemia no nos atrevíamos a salir así, a una plaza, ni con tanta gente.
Aún faltaban 40 minutos para la película y abuelita hacia fila para las palomitas. La Infanta vio unos juegos mecánicos y quiso subirse. Rocíe todo, le puse gel de nuevo y la subí. En mi cabeza debatía entre lo correcto y lo sano. Cómo lidiar entre dejarle ser niña y proteger su salud. Creo que a dos años de pandemia nos queda la prudencia de adoptar estilos saludables e higiénicos para la convivencia comunitaria. También creo que niños y niñas han sido los más afectados, pues se ofrecen pocos espacios para su esparcimiento o se prioriza el rescate de la economía en lugar de su desarrollo psicosocial. Pero hoy no entraré en el tema. Quinta prueba superada.
La Infanta ha crecido en casa o espacios cercanos y familiares; en esta pandemia ha vivido en al comodidad del streaming y las pausas, la televisión en calzones y la comodidad del picnic en el piso. Ir al cine era algo completamente nuevo, con convencionalismos sociales no explorados. Yo pensé que todo iría bien, pero en principio no quiso palomitas, pidió un sándwich, porque a ella le gusta cenar con sandwich (jamás le creí a su padre que sobreviríamos de sandwiches y quesadillas, cuando me dijo que solo eso cocinaba [mentiras, que es un chef aunque a veces se hace menos]).
Por otro lado, sabrán que La Infanta no toma refrescos o jugos, así que pedimos agua natural. Sandwich con agua y vamos a la sala. Todo bien, le gustó. Apenas terminaron los cortos e iniciaba la película, cuando me dijo, mamá, aquí te pasan muchas películas. Esos son cortos, amor, adelantos de otras películas para que vengas después a verlas.
Por fin inició, todo bien, no movía ni un músculo, comía su sándwich gigante (que más bien era una baguette), bebía agua, todo un éxito. Pero después de un rato, me dijo, mamá ya vámonos a casa.
Supongo que extrañaba el sacarse los zapatos, permanecer en pijama y acomodarse a sus anchas en el piso o el sofá. No podemos irnos, amor, hay que terminar la película, ¿quieres pasarte a mis piernas? Sí.
Y qué bueno que lo hizo, porque en las siguientes escenas hubo un poco de ruido, misterio y luces verdes, que la asustaron un poco. Después se acomodó en mi pecho y repitió, mamá hay que ir a casa. No podemos, debemos terminar la película, pero puedes dormirte si quieres, aquí te abrazo. Solo se abrazó y permaneció atenta. Seguimos.
Yo creo que iba más de media película cuando me dijo, mamá pipí. Así que salimos de la sala con cuidado y fuimos al baño. Mamá, los pantalones se me caen. Ni modo, agárralos con una mano y hay que correr porque no traemos otros. Fuimos y venimos. Apenas nos acomodamos y tomamos un poco de agua cuando dijo, mamá popó, así que nos tomamos de la mano de nuevo y bajamos los escalones hasta el baño.
Justo cuando regresamos, empezaron los créditos. Bueno, ni modo. Prendieron las luces, recogimos nuestras cosas y nos fuimos.
¿Te gustó?, preguntó abuelita. Sí, mucho.
De regreso a casa, La Infanta se acurrucó en mis brazos y me dijo que no la despertara cuando llegáramos. Supongo que lo pasó bien.
Le puse la pijama y la acosté en su cama.
Creo, que después de todo, la misión fue un éxito.
Ahora tomaré un baño para soltar mis miedos y aprehensiones. La maternidad es así, tener miedo y aún así hacer las cosas.
Espero que mañana, con calma, La Infanta pueda compartir cómo vivió está experiencia y podamos reírnos juntas de las desventuras del camino.
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