#CrónicasMaternas: del agradecimiento

¡GRACIAS!
Terminó una etapa importante en nuestras vidas. Me incluyo porque, aunque fue una experiencia vivida por La Infanta, también fue un poco nuestra.
Hoy nos despedimos de la primera escuela. Nos vamos con el corazón lleno de amor y un millón de canciones.
Recuerdo que yo estaba negada a que Infanta bebé fuera a la guardería porque mis hermanas y yo nunca fuimos a una. Pensaba que podría equilibrar las cosas para continuar con la vida materna y laboral de alguna forma mágica, pero papá me convenció de que sería una buena y razonable idea llevarla. Tuvo razón.
Un compañero del trabajo me recomendó Gandhi y decidimos que entrara ahí por estrategia, cercanía y recomendación.
Recuerdo que, en ese momento, tenía mucho miedo de que las maestras no le dieran a La Infanta la atención, el cariño y los abrazos que los bebés necesitan en sus primeros años de vida, pero lo que encontré en los días de adaptación fue un ambiente pacífico, atento y plenamente amoroso. Eso me dió tranquilidad.
La primera semana La Infanta salió contenta y con estrellita en la frente.
He de confesar que las primeras dos semanas yo lloraba al salir del trabajo para recoger a La Infanta en casa de sus abuelos, pues ellos eran quienes la recogían de la escuela porque mi horario no lo permitía. Fueron días grises, confusos y extraños. Sin embargo, todo el equipo de maestras y personal que ahí labora hicieron la travesía más ligera y divertida.
Siempre respetaron y acompañaron la lactancia. Le dieron cada botella de leche materna que llevé.
También regresaron a casa las libretas y libros de trabajo donde se puede ver el avance día con día, el trazo más fino, la letra dibujada, los colores dentro de la línea.
Ahora vuelvo la vista atrás y pienso que el tiempo pasó muy rápido, ¿cómo se fueron cuatro años de repente? ¿cómo es que bebé creció tan rápido? ¿cómo fue que aprendió tantas cosas? ¿cómo aprendió a comer, hablar, cantar, bailar y saltar en un pie? Fue un trabajo en equipo, de casa, famila y escuela unidas.
Hoy solo puedo decir ¡GRACIAS!, en mayúsculas y con admiración, porque el trabajo que hacen todos los días, la paciencia, la planeación, el cariño, el esfuerzo, la adaptación en tiempos de pandemia, todo, absolutamente todo tiene su recompensa: niñas y niños felices.
Reconozco el trabajo que hacen las maestras y maestros a diario.
Llegó a pasar que La Infanta tuvo sus crisis de crecimiento, ansiedad de separación, días malos y pérdidas cercanas y en la escuela encontramos un acompañamiento, nunca nos dejaron solas. 
Esta mamá que escribe llegó a llamar a la escuela varias veces porque se quedó con el alma hecha un nudo al dejar a La Infanta llorando en la escuela. Todas las veces contestaron mi llamada, todas atendieron mis cuestionamientos y todas nos dieron paz: Señora, La Infanta está bien, está tranquila, ríe y juega. Puede estar tranquila, si algo pasa le llamamos. 
Cuando abuelito murió, acompañaron a La Infanta en su duelo. Incluso me contaron que llegó a hablar con él en su sala, días después de que él falleciera. Siempre con amor y respeto.
Desde el primer día, hasta el último, se le recibió a La Infanta con un "buenos días, cómo estás", amor y cariño. 
Aunque es una escuela para la primera infancia, encontramos en ella un espacio de desarrollo, una familia, un entorno de paz. Sí, se que suena cursi, pero sin todo ese equipo de mujeres y hombres increíbles, esto no hubiera sido posible.
¿Qué más podría decir sino gracias? 
Gracias por todas las dudas respondidas, por las canciones, por los alimentos, por los contenidos, por las destrezas, por la enseñanza, por el esfuerzo, por los abrazos, por la escucha, por la presencia, por el amor, por ser y estar cuatro años.
Gracias por ayudarnos a crecer en cuerpo mente y espíritu. 
¡GRACIAS!

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