#CrónicasMaternas: del bosque

Tengo 15 minutos llorando bajo el agua de la regadera. No puedo parar. Me siento rota, fuera de mí. Me escondo y lloro en silencio. Intento regresar, ser una adulta. Noto mis brazos pequeños, mi piel sin pintar y vuelvo a tener 15 años.
No entiendo qué pasa conmigo, tampoco entiendo qué pasa con La Infanta, así que vuelvo a llorar.
Busco una lógica, busco mi propio consuelo, pero no sé qué siento o como resolverlo, no sé cómo salir porque ni siquiera sé cómo llegué aquí.
Pensaba que los días difíciles habían pasado. Creía que todo estaba mejor.
La Infanta parece un bebé de nuevo. Llora por todo, pide ser abrazada cada 5 minutos, exige y demanda como un bebé de meses, aunque ya usa palabras, pero solo solloza o llama a mamá.
Hace unos días me dijo: quiero a la mamá buena, no a la mamá mala. ¿Soy una mamá mala? ¿Estoy haciendo algo mal? En definitiva algo hago mal para que todo esté como está.
Este mundo no tiene lógica. No entiendo qué pasa, no sé cómo ayudarla; parece que abrazar y contener ya no es suficiente.
Han sido días difíciles. 
Un mes ya desde que dejé de trabajar en oficina, seguido de unas leves vacaciones con mi papá en casa y el intento de crear una rutina nueva.
Sin embargo, todo se interrumpió porque enviaron a La Infanta a casa por la pandemia.
Quizá sea la frustración, el encierro, el mom full time, encontrar cosas que hacer, intentar mantener los contenidos de la escuela, mi necesidad de tener el control (eso debe ser) o todo junto, pero me siento rebasada por la demanda de atención.
Y, aunque la maternidad tiene atisbos de gracia en los que todo vuelve a tener sentido, en estos días esos parecen ser demasiado breves.
Cierro los ojos y busco en mi interior alguna herramienta, una brújula que me dé un norte.
Cierro las llaves de la regadera. Estoy sentada en el piso mojado. Ya no lloro.
Recuerdo una meditación que me hizo mi psicóloga: estoy en un bosque después de haber cruzado el lago, un lago que representa alguna batalla de la vida. Ese bosque es puerto seguro, es un lugar de paz, es transición.
Estoy en ese bosque de nuevo. Elijo permanecer ahí hasta sentirme fuerte. Lo había olvidado. Ya puedo estar en paz, dejar atrás el estado de alerta.
Respiro. Escucho el viento mover las hojas, un par de aves a lo lejos, la tierra latiendo bajo mis pies descalzos.
Inhalo, estoy en paz. Exhalo, suelto el control. Inhalo, estoy segura. Exhalo, sabré qué hacer.
Abro los ojos y estoy de nuevo en la regadera. Tengo treinta y dos años. Estoy. Existo. Respiro. Ya no me oprime el pecho. Sabré qué hacer.

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